Considero que ha llegado el momento de echar la vista atrás,
de plantarse y ver las cosas con perspectiva, de valorar, en definitiva, dónde
estaba y hasta dónde he llegado. Y lo hago ahora, a mitad de asignatura, siendo
consciente de lo que me/nos queda aún por delante.
No sé vosotros, pero yo siempre he sido un escéptico de las
redes sociales, aunque prefiero utilizar el término 'medios sociales', al fin y al
cabo se trata de herramientas a través de las que los usuarios configuran las
verdaderas redes. No me gusta escuchar que Facebook, o Twitter, o G+, son redes
sociales, los verdaderos protagonistas y creadores de valor en esos medios son
los usuarios. En este caso admito el debate e, incluso, el tirón de orejas por
parte de profesores y eruditos en la materia.
Como iba diciendo, me interesaban más bien poco (no me
atrevo a decir que nada, en realidad) aunque no dejaba de percibir a mi
alrededor esa corriente cada vez mayor de adhesiones poco menos que
inquebrantables a lo que parecía suponer poco menos que una revolución…
¿social? Mientras tanto, yo decidía seguir dentro de mi burbuja, escasamente
tecnológica, que se componía de un teléfono móvil (ni Smartphone, ni
Blackberry, ni leches), un ordenador con Windows XP (creo que Bill Gates ya nos
ha “regalado” la versión 8 porque no dejo de recibir mensajes subliminales de
todo tipo instándome a que migre cuanto antes al nuevo sistema si no quiero verme
aislado, cuando no excluido, de las maravillas con las que piensa
beneficiarnos) y, a lo sumo, una cuenta de correo electrónico y un acceso a
Internet para acceder a la web 1.0, a la que, reconozco mi obsolescencia,
siempre he considerado poco menos que el invento del siglo.
Resumiendo, que inconscientemente me negaba a subirme al
carro de la web 2.0, y más aún si había de hacerlo empujado por la marea de una
moda que, como casi todas las modas, puede acabar resultando pasajera. Y eso
sí, con mi pequeña red social formada, accesible y localizable con sólo
descolgar el teléfono, enviar un correo electrónico o visitar la tasca de la
esquina.
Y en esas me encontraba cuando se me vino encima el tsunami
de los social media merced e a esta
asignatura, a la que no sé muy bien si maldecir o adorar (evidentemente,
queridos profesores, opto por esto último, al menos hasta el mes de junio). De
vivir “aislado” en mi pequeña y recóndita aldea he pasado a formar parte de
multitud de redes que extienden sus
tentáculos hasta el infinito… y más allá. Decenas de tuits recibidos
diariamente, mi buzón de correo saturado por mensajes de personas a las que no
he visto, ni probablemente veré, en mi vida, cientos de recomendaciones para
profundizar (¿más aún?) en todo este mundillo que jamás podré llegar a leer ni
en sueños, hasta me sorprendo asegurándole a cualquiera que me lo pida que “me
gusta” sin haberle preguntado ni siquiera el típico ¿estudias o trabajas?…Y lo
peor de todo: he dejado de acudir a mi bar habitual, ahora me conecto a Google
+ o a Facebook y me abro una cerveza de lata
del Carrefour, que la crisis aprieta que es
una barbaridad. Pues sí, me temo que mi vida ha cambiado con esto de las redes
sociales.
Perplejo, pasmado, alucinado… cualquiera de estos adjetivos
podría definir mi estado actual; aunque también podrían hacerlo saturado,
estresado, o cabreado, la verdad. Pero no me desanimo. Una vez dentro ya soy
capaz de cualquier cosa, bueno… de casi cualquier cosa. Y me temo que no hay
vuelta atrás.